jueves, 30 de octubre de 2008

FRUSTRACION

Esta semana ha sido bastante complicada, tanto desde el punto de vista laboral como de entrenamientos, siendo debida ésta última a las adversas condiciones climatológicas que padecemos por el Norte de España, con lluvias intensas, nevadas y un invierno claramente anticipado, que me esta impidiendo seguir los entrenos con cierta regularidad.
Comenzando por el fin de semana, este fue francamente bueno. El sábado tenía establecido sesenta minutos de carrera, así que, decidido como estaba a cumplir a rajatabla con mi plan de entrenamiento, a las doce menos cuarto de la mañana, ya me encontraba en mi circuito favorito. Como contrapunto a esta desastrosa semana, la mañana del sábado fue espectacular, con un cielo azul esplendido y tanto el paisaje como la temperatura invitaban a la carrera, la cual comencé a buen ritmo, con el objetivo de agotar el tiempo previsto.
Mis sensaciones fueron estupendas y fui realizando una cómoda carrera hasta que me encontré por primera vez la pronunciada cuesta que marca el final del recorrido del circuito por el bosque. La afronté con decisión, casi diría que con temeridad, y lo acabé pagando. La carretera, la cuesta en definitiva, me puso en mi sitio agostando las fuerzas, constituyendo mi calvario particular que superé a duras penas, reduciendo mi ritmo hasta casi caminar para tratar de coronarla, lo que conseguí doblando casi el espinazo. El descenso fue absolutamente reconfortante lo que me hizo recuperar el resuello perdido. Me quedaban otros dos encuentros con la susodicha, pero en estas dos ocasiones, aprendida la lección y siendo fundamentalmente humilde, afronte las subidas con más tranquilidad, dosificando el esfuerzo y reduciendo el ritmo. Pude con ella, pero aún con esas precauciones, se me hicieron eternas. Mis piernas ardían y casi parecían de madera y el último descenso puedo afirmar que lo hice de forma absolutamente mecánica. Aún así, al final cumplí con los sesenta minutos previstos y rendí una distancia de casi diez kilómetros. Cansado pero feliz, me premié el esfuerzo con una reparadora cervecita en la terraza del club social, disfrutando del agradable solecito del mediodía.
El domingo fue un día de recuperación, treinta y cinco minutos de trote cómodo en un día, al igual que el sábado, estupendo.
El lunes, volví correr por la ciudad, otros cuarenta y cinco minutos, controlando el ritmo, dosificando el esfuerzo, para finalizar de forma rápida y cómodo.
Desgraciadamente, la felicidad no dura mucho, y el martes por la mañana se han frustrado mis planes. A las siete de la mañana, caían chuzos de punta, con lo que asumí que iba a tener un día de descanso forzado por las condiciones climáticas, con lo que solo pude esperar a que el martes hubiera escampado y tratar de realizar lo que hoy me fue imposible, por lo que no me quedó otra alternativa que cruzar los dedos y esperar a que no se frustraran mis esperanzas.
Es verdaderamente desoladora la sensación de impotencia cuando son las circunstancias ajenas a tu control las que te impiden el desarrollar cualquier acción, máxime cuando esta es deseada. Así que no mo quedó otra alternativa que esperar a que el dios Eolo y su cuadrilla de ayudantes se apiadaran de mi. Solo me restaba esperar a no frustrarme más. De todas maneras, estoy muy satisfecho del balance del fin de semana. Algo bueno que guardar en el zurrón.

Sabado: 60 minutos 9,300 Km.
Domingo: 40 minutos 6,100 Km.
Lunes: 35 minutos 5,000 Km